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diciembre 01, 2009

Psíquico

La verdad es que ahora tomo esto con un poco más de calma, las risotadas histéricas y la opresión en el centro de mi pecho ya han ido disminuyendo. Pero para aclarar cualquier duda explicaré todo lo que pasó:

(Suspiro)

Ayer, ayer era un buen día, me había pasado la semana estudiando para el último de mis exámenes. La presentación fue tediosa, los tutores se esmeraron en masacrarme con un bombardeo sin precedentes de preguntas. Al final logré salvar mi nota de aprobación y algunas miradas de condescendencia de algunos de los que formaron la comisión…

Pero en fin, salí de la sala con las rodillas temblando y peleando por mantenerme de pie. Como fui el último en dar el examen me encontré solo, todos habían partido por algo de comer. Sentía que debía compartir mi satisfacción con alguien, por lo que llamé a mi mejor amiga, pero no me contestó.

Despreocupado, con la vista en el cielo, me preguntaba qué podría hacer, hasta que mi celular vibró con sorpresa en el interior de mi bolsillo, al revisarlo comprobé que Analía me había enviado un mensaje para que la esperase a la salida del Hospital, donde realizaba su práctica, para almorzar en algún lugar.

De camino al Hospital compre un café y me senté en un roñoso banco de madera justo frente a la entrada del recinto, pero en la cuadra del frente, para refugiarme del sol en una diminuta sombra que proyectaba uno de los balcones de un viejo edificio rojo.

Me encontraba pensando, con la mente puesta en un tema de Bob Dylan que reproducía mi iPod, cuando vi a un hombre de un aspecto más que reprochable salir por la puerta del Hospital, la sangre me hirvió descontroladamente (ya que guardo un fuerte rechazo contra los individuos de aspecto malacatoso), así que sin pensarlo levanté mi mano en el aire, y con un ademán de disparo reproduje casi inaudiblemente un: ¡BANG!

Grande fue mi sorpresa, y la respuesta de mi corazón, cuando el hombre cayó de bruces al suelo y no volvió a ponerse de pie. La gente comenzó a reunirse en rededor a él, pero el hombre no se movía.

La histeria comenzaba a manifestarse en un amargo nudo en la garganta y saladas lágrimas que quemaban mis ojos. Estaba en medio de un descubrimiento asombroso, tenía un poder inconmensurable.

Me acerqué lo más rápido que pude, pero cruzar la calle fue algo más lento de lo que esperaba. Cuando estuve en el lugar el hombre se encontraba sobre una camilla, y un equipo del servicio de urgencias intentaba reanimarlo.

Sorprendido los seguí hasta los box de atención, me detuvieron y me hicieron esperar…

Aguardé un largo rato hasta que salió un médico y me preguntó si era familiar, a lo que respondí positivamente, con ansias de saber si mi “poder” había acabado con aquel hombre, pero el médico dijo:

- Lo siento, su tío sufrió un infarto masivo, y no pudimos hacer nada para salvarlo. Pero déjeme decirle que nada de esto hubiese pasado si no hubiese decidido abandonar la unidad de Coronario en su condición tan inestable.

En silencio di media vuelta y me retiré… Las coincidencias de la vida.

septiembre 28, 2009

Diario

¡Click!

- Coordenadas: 41°53′24.8″N 12°29′32.3″E

Diario:

Son las 06:15 am.
He despertado esta mañana en medio de una densa y espesa bruma que llega casi a tocar suelo. El olor en el ambiente es desquiciante, tanto que, por momentos, prefiero no comer nada, ya que no puedo sentir sabor y mi estómago se aprieta en un nudo sordo que estruja mis entrañas. Solo llevo unas horas en este bosque de verde desgastado, y desearía no haber dormido en su transcurso. Los bichos y alimañas (casi infernales) han dejado marcas sobre mi cuerpo, que podrían ser permanentes. Por el momento espero que ninguna haya sido lo suficientemente ponzoñosa como para envenenarme antes de cumplir la misión y poder volver a casa.

Por ahora lo mejor será mantener el silencio…


…¡Click!

06:30
Nota: Aún espero entre matorrales, posicionado estratégicamente contra la dirección del viento. Estoy ansioso, hace cinco minutos los tambores tribales y alaridos ceremoniales me han alertado de la cercanía de los bárbaros.
He decidido dejar encendido el micrófono para intentar narrar lo que se avecina, mientras llevo a cabo mi misión.



Acabo de encender un tabaco, sacando cuentas sobre el salario que recibiré por cambiar la historia... Preguntándome por qué aún mi cabeza da vueltas después del viaje, ya debería de haber pasado.

Hay pasos detrás de mí, el corazón se me aprieta violentamente contra la garganta, estoy al borde de la asfixia, giro... Cambio inmediatamente de la angustia de la asfixia por la del infarto. Los bárbaros (hombres malolientes cubiertos de pieles) se encuentran por docenas ante mí, la bruma se disipa y estúpidamente, veo los muros de roma tras de mí: estuve todo el tiempo dando la espalda al 'enemigo'.

La desesperación agolpa mis venas, saco el gatillo de mi bolsillo, el fusil de asalto se materializa en mis manos, al mismo tiempo en que lo hace mi armadura digital.

Estoy frente a frente con el ejército rudimentario que superó a los romanos... Escupo lo que queda del cigarrillo, les sonrío y disparo… Un cuarto del ejército desaparece ante el estallido de positrones que descargué... Ahora el lunático de mi jefe (en el futuro) podrá ver que hubiese pasado si Roma nunca hubiese caído...

Diario, anota la bitácora... Volvemos al futuro.

septiembre 26, 2009

Holocausto

Primero: Si alguien encuentra este puto cuaderno, que me disculpe, pero nunca tuve la costumbre de escribir y lo hago deplorablemente (aunque intente utilizar palabras rebuscadas).

Empezaré por el maldito zumbido que penetra mi oído…. Sé que no tengo ni la menor idea del cuerpo humano, pero una vez leí sobre el puto oído medio, y estoy seguro que este pito está allí mismo. Esto sólo lo explico porque tengo un mareo maricón (cómo diría la letra de uno de mis covers favoritos) y además me entran ganas de vomitar cada cierto tiempo…

Unos me dirían que tengo una resaca de la puta madre, pero la verdad es que después de todo lo que ha pasado, obviamente, tendría resaca…

Me cuesta escribir, me cuesta pensar… Aún no logro asimilar todo lo que pasó… sigo intentando ser un maldito incrédulo. Incluso ahora que pienso que pasé gran parte de mi vida (y ahora no me arrepiento) pensando en la insensatez de un holocausto. El mundo se reía y se burlaba, pero todas esas horas que pasé jugando increíbles juegos de zombies y de la segunda guerra, me han ayudado; aunque debo admitir que sí podía parecer un loco cuando hablaba de salvar al mundo, y que cuando ocurriera tendría que pasar unos días oculto y luego buscar un buen vehículo.

En fin, tengo que ordenarme…

Amigo: si lees esto sabrás que estoy muerto o en algún puto lugar sin mi diario (bitácora), así que me disculpo por segunda vez por mi ¿gramática? tan horrible.

Han pasado 9 días… tengo un hambre que acabaría con cualquier estómago, pero el miedo y la adrenalina me mantienen de pie.

Empezaré por lo que pareciera un principio. Hace once días atrás en el noticiero de mi región escuché sobre las malditas pruebas atómicas de los países “desarrollados”. No le tomé importancia, hasta que increíblemente (dos días después) mientras trabajaba, vi por la ventana el “maravilloso” estallar de las bombas de hidrógeno…

A esos hijos de puta capitalistas y los engendros comunistas no se les ocurrió nada mejor que ensayar el mismo día… debo admitir que me sentí como en un sueño, estaba rodeado de infinitos hongos atómicos, sentía el aire caliente desplazarse hasta donde estaba yo.

Pasaron unos interminables dos minutos hasta que se empezaron a disipar los hongos. Era tan increíble todo, que inconscientemente, corrí hasta la planta baja y me tiré bajo unas mesas. No alcanzó a pasar ni un minuto cuando sentí el edificio estremecerse. La explosión estaba allí mismo, sentía vidrios reventar y gente gritar. Mantuve la calma como pude, hasta que “sentí” que podía salir…

En ese momento, todo comenzó….

No tengo idea cuanto tiempo estuve bajo la enorme mesa donde me refugié, pero si sé que me quedé dormido durante un largo periodo.

Cuando salí no había nadie… mi mente insistía en que si las explosiones habían alcanzado el edificio, como para hacerlo debatirse, tendría que haber un mar de cuerpos inertes por el suelo. ¡Pero no!

No había nada. Salí del edificio, pero no había ni un solo cuerpo, a pesar de las interminables filas de automóviles en las calles.

Mi mente intentaba mantenerse inquebrantable, pero cuando empecé a escuchar gruñidos cerca de mí, me derrumbé... caí sobre mis rodillas y mi mente, casi en blanco, activó los recuerdos de los video juegos de zombies. Levanté la vista para darme cuenta de que estaba rodeado de humanos, todos con la piel en colgajos y pútridos… haciendo ruidos de ultratumba.

“Gracias a Dios” hasta ese momento aún eran lentos. ¡Dios! Eran zombies, qué mierda habían provocado las bombas, esas explosiones, no lo sé… pero eran muertos vivientes que se acercaban lentamente, rodeándome.

Recordé por un momento que estarían un tiempo en su periodo de “enlentecimiento” y me levanté… corrí como un loco esquivando cuerpos.

Increíblemente después de estos días cada vez son más rápidos… y, maldita sea, más inteligentes.




Diario… la puerta del estúpido refugio está crujiendo, y se empiezan a oír los incesantes quejidos de los no muertos………

julio 14, 2009

Suicidio



Aborrezco a los insensatos, a los inoportunos y apáticos. Detesto a los gordos, sebosos y sudorosos. Odio a quienes nos interrumpen con preguntas y a quienes creen saber todas las respuestas. A los vagos, gamers y trabajólicos. Dios salve mi alma por odiarlos a todos, a este mundo sin sentido del cual me quiero bajar, Dios se apiade por odiarme a mí mismo, y del alma que está a punto de flotar mientras ajusto - gentil pero firme - esta soga alrededor de mi cuello sudoroso y grasoso.

Padre, cobija mi alma desconformista junto a ti... Qué asco de vida, un asco porque ni el amor soy capaz de sentir, y mucho menos de expresar.

En estos momentos solo flashes inundan mi visión, al punto que ni siquiera puedo ver la roída habitación que me rodea. Momentos que pasan cómo una película vieja, y que parecen importantes, o más bien para lo que la gente consideraría importantes. He pasado largo tiempo de mis cortos 25 años satisfaciendo necesidades que ni siquiera son mías. Odio eso y a mí mismo por no tener pasiones. Pero quién sabe si al otro lado encuentro mi verdadero camino. Un sendero menos complejo y más apasionante.

Adiós, Dios, solo espero que al terminar el corto recorrido de la soga me permitas algo más que vagar como un ente por la eternidad, tal como haces con los putos suicidas.

Tal vez debería haber escrito esto… ¡¡Ahí voy!!

junio 15, 2009

Catedral

Las negras pupilas fijaban la mirada sin contraerse ni dilatarse, el entrecejo fruncido, pero sin signos evidentes de tensión, la frente completamente marcada por el paso del tiempo, al igual que las mejillas y partes de su cuello. Incluso parecía que pequeñas grietas se apoderaban de los contornos de su cara. El pelo – rebelde – desenmarañaba incertidumbre en el rostro, contrarrestada por una suculenta sonrisa que – algo burlona – dejaba ver que sabía claramente qué hacer a continuación.

Su estatura, casi descomunal, ensombrecía al pequeño Alfredo quien miraba con atención la enorme gárgola a la entrada de la catedral. Hasta que un infarto grotesco atacó su pecho al ver claramente a la escultura parpadear y derramar una viscosa baba desde su boca.

abril 16, 2009

Frío

- La verdad es que no sé qué decirte, compañero – Dijo Osvaldo, intentando romper el silencio, mientras trataba de abrigarse las manos con su propio aliento.
- Y, aunque tuvieras algo que decir, yo no sabría qué responderte – Contestó Agustín rascándose los ojos.
- ¿Desde cuándo hace tanto frío?
- Desde hace unos minutos - Se apresuró en responder mientras abría los ojos – Esto es de lo más extraño, sólo recuerdo que estaba en la cocina.
- Bueno, yo recuerdo un olor que no puedo descifrar ahora, pero casi al instante comencé a sentir este frío que me da hasta miedo.
- ¿Por qué no vamos a la cocina? Ya debe estar listo el almuerzo – Comentó Agustín mientras hacía un ademán de apetito sobándose el estomago.

Ambos entraron a la cocina y la vieron destruida: una enorme explosión se había encargado de dejarla casi cómo Hiroshima después del holocausto, y - entre el humo que aún se elevaba - divisaron a un hombre de verde y otro de chaquetón amarillo y casco rojo conversando.

- Entonces en eso quedamos, comandante.
- Así es, cabo, puede decirle al resto del cuerpo de carabineros que se retiren, ya hemos sofocado el incendio, y la causa de éste es evidente.
- Malditos jóvenes que no saben ni usar un horno y no se dan cuenta cuando dejan el paso de gas abierto…

Osvaldo observó al bombero y al carabinero conversando y, a pesar de lo que escuchaba, se mantuvo impávido y con sus emociones total e inexplicablemente controladas; mientras su cuerpo y el de su amigo yacían casi irreconocibles entre los escombros. De golpe, entendió el origen de aquel frío mortal.

febrero 21, 2009

Primera Clase

Cuando la turbulencia del despegue fue sofocada por la inminente toma de altitud del avión, Ignacia por fin respiró tranquila y acomodó su cuerpo esbelto sobre el acogedor asiento que le proporcionaba el ticket de primera clase que había adquirido hace unos mese atrás, aprovechando la temporada baja de las aerolíneas.

Despreocupada – ya que a sus costados sólo habían asientos vacíos – depositó su bolso de mano y sacó de su interior un pequeño libro de edición de bolsillo, cuyo título destacaba en enormes letras verdes: “Las salvajes Amazonas”.

Leyó un par de páginas y luego levantó su mano lo más alto que pudo, mientras que con la vista buscaba a la azafata encargada del carrito de los tragos y tentempiés. La mujer de figura excepcional se acercó a Ignacia y consultó qué es lo que la muchacha deseaba, a lo que ella respondió – mientras se deshacía de un enorme chaleco de lana, quedando sólo con una delgada sudadera blanca sin mangas que dejaba ver su sostén celeste, además de sus pezones erguidos por el aire acondicionado – que se le antojaba un poco de vodka con mucho hielo y unos maníes.

Mientras esperaba que la azafata preparara su pedido, Ignacia miró por la ventanilla y vio como el avión comenzaba a volar por encima de una región llena de enormes árboles que empezaban a formar toda una selva.

La azafata le ofreció el trago y los maníes y avanzó hacia adelante, ofreciendo diversas cosas a los pasajeros.

La joven leyó la siguiente página del libro mientras tomaba un sorbo considerable del vaso de vodka y engullía algunos maníes – que por lo salados le obligaban a beber más vodka -.

Así se mantuvo tranquila y ensimismada por unos segundo más, hasta que una inesperada turbulencia la sacó del libro y de sus pensamientos, esta turbulencia era mucho peor que la del despegue, y su corazón se encogió cuando vio que los letreros luminosos señalaban que debía ponerse el cinturones de seguridad.

Ató firmemente su cinturón alrededor de su cintura e intentó calmarse, pero no lo consiguió, ya que lo siguiente que vio fue que las mascarillas de oxígeno salían desde sus escotillas, mientras que, al unísono, comenzaban a sonar algunas alarmas entremezcladas con la voz del capitán.

Ignacia, luego de ponerse la mascarilla, no supo más de sí misma ni del avión; pero cuando despertó podía sentir aún su corazón latir con furia, sin embargo sabía que su cuerpo estaba intacto e ileso. Miró a su alrededor y vio espantada enormes arbustos y árboles de un verde magnífico que le tapaban la vista de las humaredas que producían los restos del fuselaje del avión.

Se levantó y sacó de su bolsillo una diminuta brújula que le indicó – de forma segura – la ubicación del norte. Tomó un poco de aire y exhaló los restos de vodka, dio un pasó y - de entre el suelo y todos los alrededores - empezaron a rodearla enormes mujeres de cuerpos esculturales y músculos definidos, que tenían peinados inverosímiles y maquillajes que le enfriaron la sangre.

Mientras las enormes mujeres desenvainaban sus armas y artefactos, Ignacia en un último trago amargo recordó: “Las salvajes Amazonas”.

febrero 11, 2009

Estrellas

Caminando, uno tras el otro, avanzaban entre las sombras del bosque dos jóvenes. Alegres y entre risotadas - y sudor - cada cierto tiempo se profesaban su amor con gracia y coquetería, después de todo éste era su primer viaje fuera de la ciudad.

El día era ideal para la caminata; el cielo celeste en su magnificencia y tenía nubes estacionarias que lo adornaban de forma sutil; además corría de forma continua una suave brisa que acariciaba los rostros de los jóvenes aliviando el emergente calor de la caminata.

Cuando pudieron salir de entre los enormes arbustos, llegaron hasta una especie de pequeña explanada, desde donde se podía ver toda la ciudad y admirar el limpio cielo celeste, que a esta altura ya casi se había librado de las molestas nubes.

- ¡Cuidado! Es algo filosa por lo que veo – Se apresuró en advertir Valentina mientras pasaba junto a la enorme y sólida roca (de aspecto filoso) que debía llegarle hasta la rodilla.

- Tienes razón, lo mejor será acampar a unos metros de ella – Corroboró Roberto.

- Bueno, ya está por anochecer y me gustaría poder ver la lluvia de estrellas desde un principio, ¿Qué tal si levantamos el campamento?

- ¡Aps! Se me olvidaba que por eso estamos en esta maldita colina.

- ¿Puedes dejar de quejarte? Lo has hecho durante todo el camino y más aún mientras pasábamos por los arbustos, se supone que la mujer soy yo, jajajaja – Se echó a reír la joven.

- En fin, manos a la obra… Tengo hambre y me gustaría preparar algo para acompañar la vista.

- Debo reconocer que cuando tienes buenas ideas, las tienes.

Dejaron los enormes bolsos de viaje sobre la tierra, sacaron las tiendas y durante los siguientes quince minutos Valentina y Roberto no se hablaron, intentando apresurarse lo que más podían para terminar pronto de levantar el campamento.

Cuando las tiendas estuvieron listas, Roberto sacó dos pequeñas sillas plegables y una mesa redonda de similares características. Armó una pequeña fogata de forma rudimentaria y comenzó a preparar algunos fideos y salchichas que traía en el fondo de su mochila, mientras le armaba conversación a Valentina.

- A ver amor, me puedes decir una vez más ¿Por qué estamos aquí para ver la lluvia de estrellas?

- Pues porque con las luces de la ciudad sería imposible verla – respondió Valentina mientras, siguiendo un complicado diagrama, armaba un pequeño telescopio que parecía de juguete.

- ¿Sabes? Escuché esta mañana en la radio que esta semana han habido varios temblores por toda le región – Comentó Roberto recordando que su Madre le había dicho que tal vez por eso el clima estaba así de templado y que por lo mismo debían de haber tan pocas nubes.

- Creo que algo oí en la televisión – Respondió la muchacha con voz molesta (al parecer el telescopio le causaba más problemas de los que habría esperado).

- Bueno, esto ya está listo, ¿Qué tal si te ayudo?

- Me parece, ya está bastante oscuro y tu fogata no alumbra mucho con las ollas encima.

Entre ambos la labor fue mucho menos compleja y lograron armar el telescopio, el cual probó Valentina observando - desde la alejada colina - su casa en el centro de la ciudad. Valentina miró su reloj y se sentó con un enorme plato de fideos entre sus manos junto al lugar en el que se había sentado Roberto mientras abría una cerveza.

- Ya han pasado más de diez minutos de la hora – Reclamó Valentina.

- Tranquila, puede que los genios de los observatorios se hayan equivocado en unos minutos – La tranquilizó gentilmente el joven.

- Pues supongo que tienes ra… - Se interrumpió abruptamente la voz de Valentina por el violento estridor que empezaba a causar el movimiento de la tierra.

Roberto miró hacia la ciudad y, angustiado, la observó danzar al ritmo del temblor. Cuando se recuperó de la impresión buscó con su brazo derecho el cuerpo de Valentina, para no encontrarlo.

Estaba realmente oscuro y la fogata no hacía más que lanzar chispas danzantes al aire. Valentina había corrido alejándose de Roberto, que estaba ensimismado observando la ciudad.

La muchacha corrió nerviosa hacia el bosque buscando por donde bajar de la colina, pero el movimiento de la tierra y la oscuridad provocaron una angustiante desorientación en su cerebro y cayó de buces al suelo.

Cuando Valentina abrió los ojos sintió la cabeza mojada y vio a Roberto que intentaba tomarla entre sus brazos sin poder entender lo que decía, la cabeza de Valentina se ladeó y observó temerosa la enorme piedra afilada que parecía mojada en un borde, volvió la cabeza y miró el rostro de Roberto lleno de lágrimas y detrás de él la más hermosa lluvia de estrellas que podría haber imaginado, mientas el sueño vencía violentamente a su propio regocijo.

febrero 02, 2009

El Pañuelo

Corría el verano de 1942 y, hasta la fecha, no se había presentado un mejor día: un día de cielos azules y pequeñas nubes regadas por toda la inmensidad. Además, el clima era casi perfecto, no había mucha humedad y el calor era tan suave que las brisas que corrieron durante todo el día - revoloteando entre los verdes pastizales - hacían del atardecer el más precioso de todos estos años de fría y dura guerra. Pero después de todo, un día así solo podía darse en un país neutral, ya que el caos y el apocalipsis que se vivían en Europa impedían a toda costa que existieran este tipo de días.

Francisco, que vivía a las orillas del río, pensó en visitar a su querida Estela, después de todo ella había regresado desde Inglaterra hace ya dos años y aún no podía visitarla por su trabajo en la capital, así que, aprovechando la visita al fundo de sus padres, pasaría a cumplir las demandas de su corazón.

Cuando llegó por la tarde a la casa de Estela, su Madre lo recibió feliz y entusiasta, comentándole entre carcajadas nerviosas pero sinceras, que la pobre de Estela había estado enferma desde su llegada desde la Gran Isla, pero que hoy había despertado mejor que nunca, como si hubiese intuido la visita de Francisco.

Francisco subió a la habitación de Estela y entró en la enorme pieza de muros floreados y muebles blancos, se acercó a la cama y, sacándose el sombrero de su cabeza, se sentó junto a los pies de ella.

Estela abrió los ojos y, sonriente, tomó la mano de Francisco.

- Tanto tiempo, amada mía – Comentó Francisco ansioso.

- Por fin llegas Francisco, he estado muy enferma y tu compañía me hace mucha falta.

- Lo sé Estela, ¿Qué te parece si salimos? Hace un día precioso afuera.

- ¡Me alegro tanto de estar mejor para poder disfrutar de tu visita al aire libre!

Francisco se levantó y salió de la habitación, mientras que una criada entraba para ayudar a Estela a vestirse.

Tras una corta espera, salieron juntos de la casa mientras la Madre de Estela los despedía en la puerta. Se subieron al ruidoso automóvil y partieron en dirección al río.

Una vez en la rivera del río, Francisco se bajó del auto, dio la vuelta para abrir con una mano la puerta de Estela y con la otra retirar de la parte de atrás una enorme canasta de picnic.

Estela tomó su mano y caminaron juntos hacia los pastizales. Cuando encontraron el lugar ideal Francisco puso delicadamente un mantel rojo sobre el pasto ofreciéndole a Estela sentarse sobre éste.

La tarde fue maravillosa, comieron y conversaron muy amenamente, poniéndose al tanto el uno al otro sobre sus vidas en estos últimos cuatro años. Lo único que llamaba la atención de Francisco era que Estela de vez en cuando tenía accesos de tos muy violentos y que cada vez que los tenía acercaba un femenino pañuelo a su boca y la tapaba.

- Discúlpame querido mío, pero aún no me repongo de esta enfermedad – Se excusó de forma desgastada la muchacha.

- No hay problema Estela, tu Madre me ha comentado lo mal que has estado.

- Sí, desde que llegué de mi viaje, regreso provocado por la gran guerra, he estado bastante mal.

- Bueno, no te preocupes, he pensado ya en llamar, en cuanto llegue a la casa, a los mejores médicos de la capital para que te atiendan.

- Eres tan amable Francisco, te lo agradezco mucho. ¿Te molestaría si duermo un poco bajo este hermoso cielo? – Preguntó Estela con aire cansado.

- Desde luego que no, te despertaré cuando sea hora de irnos.

Estela tosió una vez más, se limpió la boca con el pañuelo y se recostó sobre el mantel.

Pasó alrededor de una hora y comenzaba a enfriarse el clima, así que Francisco decidió despertar a Estela. Se acercó cuidadoso y le besó la frente, comenzando así los intentos por despertarla: la movió e incluso le salpicó agua sobre el rostro.

Angustiado y comenzando a entrar en pánico, notó como el pecho de su amada no se movía, acercó su oído a la nariz de Estela y comprendió que ella no respiraba, se alejó estremecido y contempló su cuerpo inerte y el pañuelo sanguinolento pendiendo entre sus dedos fríos.

Zancudos

El pequeño Tobías se quejaba, debido al creciente calor y humedad que había en los huertos del pueblo. Su Madre lo intentó calmar mientras mataba un zancudo que extraía sangre desde su pantorrilla.

Terminaron de sacar las rojas y carnosas ciruelas - para depositarlos tiernamente en los canastos de mimbre - dieron una última mirada a los árboles que proyectaban las postreras sombras del día sobre la húmeda arena, y salieron del huerto cerrando tras de ellos la puerta hecha de tablas de madera.

Caminaron cuesta arriba por los estrechos pasillos de piedra (adornados por árboles por donde se mirase) toda la familia iba intentando sacar fuerzas para avanzar lo más rápido que pudiesen, para poder llegar a la casa antes del anochecer; además la enorme cantidad de zancudos les motivaba aún más.

Cuando dieron la vuelta a la última esquina, la que estaba justo antes de la casa, la alegría de Tobías fue tremenda, así que su Madre lo dejó sobre el templado suelo y él corrió hasta el portal, donde aguardó a que llegara el encargado de la llave del candado que custodiaba la enorme puerta.

Entraron a la casa, guardaron las frutas en el depósito - para retardar el proceso de descomposición - y se apresuraron para tomar la merienda. Una vez que estaban todos satisfechos se levantaron y, mientras unos lavaban la loza que utilizaron, la Madre de Tobías, antes de ayudar con los menesteres, lo fue a acostar, ya que el pequeño había caído rendido durante la merienda.

Cuando estaba en camino a los dormitorios para acostarlo, escuchó que le decían que debía dejarlo con las puertas y ventanas bien cerradas por la cantidad exorbitante de zancudos que había este año en el pueblo.

Recostó a Tobías cuidadosamente, procurando no despertarlo mientras le ponía una sábana encima y se retiró.

La reunión familiar duró hasta altas horas de la madrugada, hasta que las velas - que ya no podían luchar más por iluminar el ambiente – se apagaron.

La Madre de Tobías entró a la habitación a oscuras y notó que el pequeño estaba inquieto y que reclamaba por la picazón, su Madre lo consoló y se acostó para dormirse.

Al otro día la mujer despertó con el alba y se limpió los ojos llenos de sueño, miró al pequeño y gritó ahogada por el llanto, tomó al pequeño entre sus brazos y lo examinó apreciando con horror como todo su cuerpo, centímetro tras centímetro, se encontraba adornado de enormes y rojas ronchas. El pequeño abrió sus hinchados párpados, miró a su Madre, estiró su bracito para tocarle el rostro y dio un último suspiro. El cuerpo de su Madre se estremeció.

Reflejos

Era de dimensiones descomunales, de un verde grotesco y con un pomo dorado muy opaco y desgastado; ésa era la puerta que desde que tengo uso de razón bloqueaba la entrada a aquella habitación.

Aquella mañana cálida de fines de Otoño (como pocas en ésta época) me desperté muy temprano, tanto que aún estaba oscuro. Intuí que la mañana era cálida porque las ropas de cama estaban por todo el piso y yo no tenía ni el más mínimo atisbo de frío. Bebí un sorbo del vaso de agua que dejo en mi velador, junto a la cama, todas las noches y me senté despreocupada en el borde de la cama. Desnuda – como es un hábito en mí – me dirigí al cuarto de baño, cruzando la habitación de color rosado pálido, me senté en la taza de baño y mientras orinaba giré la llave de la ducha.

Cuando el agua estuvo a una temperatura adecuada, me metí en la ducha sin tirar la cadena del baño. Como siempre, fueron los minutos más gloriosos de la mañana – sentir el agua tibia recorrer mi cuerpo y el jabón acariciar mis curvas – pasé por lo menos quince minutos sin mover ni un músculo bajo la regadera pensando en las cosas que debía hacer hoy.

Salí alegre de la ducha mientras pasaba por mi cuerpo una toalla, eliminando los excesos de agua, y puse una toalla de mano enroscada sobre mi cabeza para secar mi cabello mientras al unísono tiraba la cadena del baño.

Salí del baño desnuda, con la toalla en mi mano, y comencé a elegir mi ropa, un momento después estaba vestida con un pequeño short blanco y una ligera camiseta de color azul.

Terminé de secar mi cabello y bajé al primer piso por algo para desayunar. Tanto Gregorio como los niños, e incluso mi Madre que nos visitaba, no se encontraban en la casa, habían salido anoche por víveres y por la gran tormenta que azotó el pueblo debieron buscar refugio en un motel, no muy lejos de aquí.

Estaba tostando algo de pan cuando unos pasos resonaron en el segundo piso y me alertaron, pensé que podría ser un ladrón, así que me armé con un enorme cuchillo de cocina y subí las escaleras. Como nunca, los escalones crujieron bajo mi peso, pudiendo alertar a quien quiera que estuviera arriba.

Después de un rato, cuando ya había revisado todas las habitaciones, volví a sentir los pasos, esta vez pude definir muy bien de donde venían, así que dirigí mi mirada hacia la enorme puerta verde que cerraba el paso hacia el ático.

Me acerqué y pensé que era ridículo que alguien estuviera dentro porque la puerta estaba con llave desde que era niña; pero cuando estuve a tan solo un paso de la puerta noté, con recelo, que la puerta no estaba cerrada, sino que estaba abierta, dejando un pequeño espacio de aproximadamente un centímetro entre el canto de la puerta y el marco de la misma.

Apreté el mango del cuchillo y empujé la puerta. El portal se abrió, dejándome ver una escalera polvorienta, casi en ruinas, que subía hacia el ático. Comencé a subir lentamente con todos mis sentidos atentos ante cualquier falla en los escalones que pudiese provocar una caída.

Cuando estuve arriba, me sorprendió la exagerada cantidad de polvo y telas de araña que adornaban el lugar y que, además, cubrían unos cuantos muebles que estaban escondidos bajo sendas sábanas blancas.

Revisé con cuidado la habitación y mi corazón encontró el relajo cuando confirmé que tan solo yo estaba ahí.

Aprovechando la ocasión, curioseé por todo el lugar, revisando hermosos muebles empolvados y admirando una armoniosa ventana redonda que dejaba entrar suaves ases de luz. Hasta que consulté a mi reloj la hora y éste me anunció que ya casi era medio día, con lo que confirmé que me había atrasado en todos los menesteres del día.

Cuando estaba por bajar las escaleras, me llamó la atención un enorme mueble cuadrado que estaba junto a la entrada del ático; lo destapé y descubrí bajo las polvorientas mantas un gigantesco y hermoso espejo, que parecía ser de la época colonial. Mirándolo con atención vi anonadada como mi rostro parecía envejecer rápidamente, tanto que los colgajos de piel denotarían unos noventa años. Me asusté y bajé tan rauda como pude, llegando abajo extremadamente cansada y con un esfuerzo titánico cerré la puerta para clausurar una vez más el ático.

Eso mi querido diario fue ayer cuando aún tenia treinta y dos años - hoy represento el triple - y tendida sobre mi lecho de muerte observo con vista cansada a mis seres queridos que no entienden nada, y ahora el furioso sueño de la muerte se apodera de mis párpados...

Puzles

Maximiliano llevaba esperando unos diez minutos dentro de la diminuta tienda, pero en realidad no se había percatado que le habían robado ese precioso tiempo. No se había percatado porque la tienda tenía una diversidad de cosas interesantes para mirar y curiosear – desde lentes de rayos x hasta imitaciones de vómito embasadas – por lo que, cuando el dueño volvió a entrar en la estancia donde estaba Maximiliano, éste ni siquiera lo notó.

El hombre, de cejas bastante prominentes, que portaba una polvorienta caja de rompecabezas, se aclaró la garganta – con un sonido realmente asqueroso – advirtiéndole a Maximiliano sobre su presencia.

- Aquí tiene su rompecabezas, señorito – Se apresuró a decir el hombre justo después de aclararse la garganta.

- ¡Oh! Muchas gracias señor, pero le agradecería que no me dijera así – Sonrió amable Maximiliano.

- Disculpe usted, a veces olvido en que época estoy – Afirmó el sujeto con una sonrisa inquietante en el rostro.

- Jejejeje, eso sugiere que no es recomendable preguntarle su edad – Maximiliano reía alegre mientras revisaba su billetera y sacaba de ésta un pulcro y nuevo billete de veinte mil pesos.

- Usted mismo lo ha dicho, señorito – Comentó el anciano, tomando el billete entre sus dedos.

- Bueno, muchas gracias… Hasta luego – Dijo Maximiliano aún entre risas y se retiró de la tienda haciendo sonar las aparatosas campanas que estaban colgadas junto a la puerta de entrada.

El día estaba fresco y ventoso, ideal para armar un rompecabezas acompañado de una buena taza de té inglés. Así que el joven envolvió su cuello en una extensa bufanda, abotonó su abrigo y comenzó a caminar hacia su casa.

Iba excitado, excitado por el fabuloso acontecimiento. Hace años que había comenzado a armar rompecabezas con la imagen de las distintas partes de una casa (el baño, comedor, habitaciones, etc.) pero le faltaba precisamente el del living, una de las partes más importantes de la casa – si es que no la más importante – así que el hecho de haberlo encontrado causaba un enorme regocijo en su pecho.

Caminó raudo, por alrededor de veinte minutos, sin siquiera mirar a la gente que pasaba cerca de él.

Llegó frente a su casa y dio un suspiro de placer, abrió la cerca y se dirigió a la puerta principal. Abrió la puerta e ingresó a la casa, dejó la caja sobre la mesa de centro en el living y se encaminó a la cocina. Después de unos instantes salió de la cocina dirigiéndose hacia el living - cargando una tasa de porcelana repleta hasta el tope de un exquisito té inglés - y se sentó en un cómodo sofá; dejó su taza sobre una pequeña mesa junto a él y destapó la caja del rompecabezas.

Emocionado, estuvo armando el rompecabezas durante toda la tarde; primero dejó todas las piezas sobre la mesa, luego las dividió por secciones y terminó armando metódicamente cada sección hasta formar el dibujo.

Cada vez que avanzaba se sorprendía de lo conocida que se iba haciendo la imagen, pero esto no lo intimidó, al contrario, el hecho le motivaba aún más.

Cuando le faltaba la última pieza, se tomó todo el tiempo del mundo para colocarla. Se levantó para ir al baño y cuando volvió, tomó el último sorbo de té, hizo tronar sus dedos y depositó cuidadosamente la pieza en su lugar. Cuando lo hizo se extrañó al ver que en la pieza que dejaba se veía un sujeto idéntico a él sentado en el sofá. Maximiliano, quedando en un estado casi cataléptico, apretó sus párpados y miró hacia el techo, viendo con terror como parecía que la habitación se había agrandado a proporciones titánicas y él parecía estar sentado, diminuto, sobre la mesa de centro en el living.

Médico Forense

Enero 15, 1988.


Mi viaje fue tortuoso, el bus era viejo como las piedras de Stone Age y maloliente por la culpa de los insensatos. El viaje se volvía aún más tortuoso por culpa de esos insensatos que comen más de lo que deben y que al momento de viajar en un transporte de tales características ocupan más espacio de lo que les correspondería, dejando a penas dos tercios del lugar que te pertenece. Pero eso no es lo que quiero relatar, para tales efectos no es importante ni la edad del bus ni el olor que expelen mis acompañantes.

El viaje duró aproximadamente dos horas, bajo un sol abrazador. Tras una hora de viaje ya se me había acabado el agua y me empezaba a atacar el hambre, para mi decepción observé que el único alimento que traía conmigo era un paquete individual de papas fritas; con solo mirarlo inmediatamente se secó mi lengua, así que cerré mi bolso y esperé a que terminara el viaje con un vacío en las entrañas.

Cuando llegamos al poblado, el sol era el peor enemigo del que debía preocuparme, por lo que me apliqué bloqueador solar en grandes cantidades. Bajé del bus y el reflejo del sol sobre la tierra arenosa me cerró los ojos, me puse mis gafas de sol, retiré mi equipaje sin boleto y caminé.

El pueblo tenía un increíble ajetreo de gran capital, la mezcla de razas era increíble; me apresuré dentro de mi sorpresa y en el primer lugar en el que pude compré dos litros de agua mineral, me engullí el paquete de frituras y me zampé un litro de agua.

Una vez listo, ceñí todas las amarras de mis bolsos, ajusté mi cinturón y me dirigí hacia el cementerio del poblado; allí me esperaba Belén, que junto a su equipo de arqueólogos ansiaba mi llegada, necesitaban de un médico forense al que le apasionaran este tipo de cosas para descubrir en qué circunstancias había muerto el indígena a quien pertenecían los restos encontrados.

Era extraño, ¿Por qué en un cementerio exactamente?

Cuando llegué, Belén me saludó afectuosa como siempre y cariñosa como pocas veces. Fue en ese momento – cuando me llevaba para presentarme al equipo – que me comentó que bajo el camposanto había una especie de cementerio indígena mucho más antiguo, que según ella debía tener una data de aproximadamente cinco mil años. Mientras caminábamos, Belén, aclaró todas las dudas que se iban presentando desde mi viaje hasta aquel momento.

Después de haberme presentado con el equipo, Belén y los muchachos tuvieron la gentileza de invitarme un contundente almuerzo (sólo me pregunté de dónde habían sacado pescado estando tan lejos del mar). El sol era terrible, Belén me comentó que - durante los primeros días de excavación - todos los días debían llevar a algún trabajador a la posta del pueblo a causa del gran calor, y que por este motivo habían decido trabajar durante las noches, explicándome así la presencia de los enormes sistemas de iluminación alógena que se encontraban junto a la excavación.

Como no se podía trabajar durante el día a causa del calor, durante la tarde jugamos cartas y bebimos algunas cervezas en la acogedora tienda de campaña de Belén. Aunque – en realidad- de acogedora no tenía mucho: era pequeña, desordenada y la mitad del espacio lo ocupaba un enfriador de ambientes, eso sin contar que éramos siete dentro de una tienda para unas cuatro personas como máximo.

Cuando llegó el crepúsculo, anunciando la noche, el calor empezó a desaparecer rápidamente y el frío del gran desierto tomó inmediatamente su lugar. Belén, muy comprensiva, me señaló que por mi viaje desde la capital debería estar muerto, por lo que hoy podía descansar todo lo que quisiera, ya que desde mañana ya no habría descanso.

Tomé en consideración sus palabras (además la cerveza - que a esas alturas ya había llegado a mi cabeza - hablaba y actuaba por mí) y encontré que Belén tenía razón, así que me acosté sin reclamo alguno, conteniendo aún mis ganas de apreciar la excavación y aprender sobre esta ciencia tan apasionante.

Cuando llevaba aproximadamente unas dos horas dormido, desperté bruscamente por el frío y por el increíble ruido de máquinas que había fuera de la tienda. Sorprendido saqué mi cabeza por entre el cierre de la entrada de la tienda – diciéndome a mí mismo que una excavación paleontológica no debería ser así de ruidosa -. No podía ver nada, sólo las luces de los focos alógenos a la distancia y enormes sombras que se movían hasta perderse a lo lejos. Puse más atención y me di cuenta que los ruidos no eran de máquinas, más bien era el sonido que hacen los monstruos de la televisión.

Me abrigué, salí de la tienda y me acerqué a la excavación temblando por el frío y por lo que me producía aquel ruido en el cuerpo. Cuando llegué al lugar ahogué un grito de horror y observé los ensangrentados restos de los cuerpos del equipo de arqueólogos, que parecían mordisqueados hasta el hueso. Entre lágrimas huí del lugar, tan rápido como pude….


Volveré enseguida, mi querido diario, es hora de la medicina del Instituto Mental.

enero 29, 2009

La Estación

Durante los fríos días del invierno no hay nada mejor que tomar un buen café, o en su defecto uno de aquellos tés que sólo venden en las cafeterías de buena reputación. Por esto mismo Asunción se había comprado un mocaccino al salir de la cafetería en la que había tomado aquel contundente desayuno. El vaso de cartón le abrigaba las manos a través del contacto con sus guantes, lo cual disminuyó la frecuencia de los escalofríos que la recorrían mientras caminaba.

La marcha hacia la vieja estación de trenes era tortuosa, la nieve le tapaba las piernas hasta unos tres centímetros sobre los tobillos, por lo que agradecía infinitamente a Dios haberse puesto sus botas de lluvia antes de salir.

Caminaba lentamente para no hundirse y para evitar derramar su mocaccino y así no manchar sus guantes nuevos. Sonriente saludaba a cada persona que pasaba por su lado, ya que eran muy pocas las que salen un día de invierno a las nueve de la mañana y con las calles tan nevadas.

Asunción se detuvo un instante a tomar un respiro y bebió un gran sorbo de su vaso, el líquido caliente le recorrió la garganta y le devolvió las energías, así que con un enorme suspiro de satisfacción siguió su camino.

Cuando estuvo frente a la estación iba tan ensimismada en sus pensamientos que no se dio cuenta de las condiciones del lugar. La vieja estación tenía sus muros prácticamente en la ruina y su techo lleno de agujeros de diversos diámetros. Asunción pasó por las viejas tiendas de la estación sin percatarse de que éstas carecían tanto de locatarios como de productos.

Cuando salió por lo puerta hacia el andén, sacó de su cartera un librito y sus pequeñas gafas de lectura, se sentó en un desbaratado banco, dejó su vaso casi vacío junto a sus pies y comenzó a leer, sin ni siquiera imaginar que las vías férreas estaban en tan malas condiciones que ya prácticamente no existían.

Llevaba esperando el arribo del tren por cerca de media hora, hasta que una voz gentil y muy varonil le llamó la atención.

- Si me disculpa, debería salir de este lugar, señora.

Asunción volteó para ver a un policía que se le acercaba a paso tranquilo.

- ¡Si me disculpa usted! Estoy esperando el tren donde viene mi marido, ya debería estar por llegar.

- Señora, sé que no es de mi incumbencia, pero la estación lleva diez años cerrada.

- No sea ridículo, mi marido me ha llamado y me ha confirmado que llegaría hoy a esta hora y a esta estación.

- ¡Señora! Si me…. – El policía levantó la voz, pero se vio cortada súbitamente por el piteo de un enorme tren que se acababa de detener frente a ellos despidiendo humo por todo el lugar.

enero 28, 2009

Voluntarios

Las tropas de paz, que habían enviado las Naciones Unidas para intervenir en la guerra que se desarrollaba en el medio oriente, patrullaban tal cual lo hacían habitualmente. Tras horas de caminar junto al tanque - blanco de escudo azul - Renato divisó a la distancia una gran humareda negra que evidenciaba el desastre y las horas de terror que había provocado la guerra en aquel poblado.

El tanque giró en redondo y apuntó el brillante cañón hacia el este, empezando a avanzar entre algunos arbustos que la guerra aún no alcanzaba a tocar. Renato, sufriendo el intenso golpe de calor del desierto oriental, sacó su cantimplora y derramó las últimas gotas que quedaban dentro de ella sobre su lengua jadeante.

El teniente a cargo del pelotón – y el único hombre que iba dentro del tanque a parte del conductor – dio la orden de flanquear el poblado. Renato y los otros cuatro jóvenes voluntarios (que venían de distintos países) se dividieron en el acto, corriendo con la cabeza siempre abajo y con todos sus sentidos en alerta.

Cuando estuvieron todos en posición Renato fue el primero en ingresar a la aldea, nervioso y con dejos de pavor en su rostro, contempló la verdadera esencia humana. La destrucción estaba por todo el lugar, ya no quedaban casas que tuviesen techos o paredes, y la sangre lo inundaba todo. En un principio logró controlar la ansiedad porque no habían cuerpos que hicieran aún más cruda la escena; pero a medida que avanzaba comenzaron a aparecer tanto restos de cuerpo como cuerpos completos. Se demoró un instante en percatarse, pero luego de agitar su cabeza vio que los cuerpos que sembraban el lugar eran de soldados invasores y de voluntarios de las Naciones Unidas. No había rastros de sujetos oriundos del país. Controló sus nervios y temblando logró sacar su radio, tragó la amarga saliva del miedo y comunicó de inmediato lo que veía al teniente.

Caminando con su arma sin seguro y con el dedo en el gatillo divisó a una pequeña niña que solo traía harapos y un peluche entre sus brazos, colgó su arma y la depositó sobre su espalda. Acto seguido comenzó a correr cada vez más rápido para intentar socorrer a la pequeña. Una vez que se encontraba frente a ella se le llenaron los ojos de lágrimas ante tan desoladora imagen, pero sólo al intentar tomarla se percató de que bajo sus heridas no había hueso ni carne, sino más bien metal y que una de sus pupilas titilaba con un color rojo carmesí.

La Propuesta

La recámara comenzó a iluminarse lentamente, mientras el crepúsculo iba creciendo en el horizonte y los débiles y finos primeros rayos de la mañana se colaban por entre el cortinaje.

Andrés entreabrió los ojos y subió torpemente las suaves sábanas para abrigar a Ángela en el progresivo frío de la mañana. La miró dulcemente - tal como lo hacía todas las mañanas en las que despertaban juntos – y, aún víctima de la ensoñación, se desplomó sobre la almohada. Entre sueños sabía que su cuerpo aún tibio buscaba la compañía de las exquisitas curvas de Ángela.

Lentamente acarició su cuerpo, y sucumbió ante el sueño avasallador que arremetía contra él.

Más tarde en la mañana, mientras Andrés cepillaba sus dientes, no podía evitar observar fijamente (y lleno de gozo) el hermoso anillo que había comprado hace una semana y que yacía inerte en su cajita de terciopelo.

Sabía que Ángela estaba en el trabajo y que almorzarían juntos, lo cual lo tenía demasiado nervioso, porque éste era uno de los momentos más importantes en su vida, uno de esos momentos de los cuales la gente suele alardear: la propuesta de matrimonio.

Cuando ya era aproximadamente medio día se terminó de afeitar y se puso tu traje color caqui, para finalizar peinándose de forma pulcra y sistemática. Tomó sus llaves de la mesita que estaba junto a la puerta principal y salió del departamento.

Caminó rumbo al restaurante, entró silbando emocionado y se sentó en la mesa que tenía reservada para la ocasión. Pidió un vaso de agua y aguardó.

Esperó un tiempo considerable, pero para él fue un tiempo realmente eterno, hasta que vio entrar a Ángela por la puerta, le hizo una seña y ella se acercó a la mesa para sentarse y comenzar a contarle sobre su día.

Llevaban ya alrededor de una hora almorzando amenamente, cuando algo en el corazón de Andrés le dijo que ya no podía seguir esperando. Se levantó con un ímpetu que ni siquiera él se conocía y comenzó a proclamar las más bellas palabras de amor en voz bastante alta. Se arrodilló, miró fijamente a Ángela y justo cuando iba a pedírselo la mano del mesero se depositó sobre su hombro, Andrés lo miró molesto y el mesero dijo: “Señor, si no deja de hablar y gritar solo, tendrá que retirarse”.