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junio 15, 2009

Catedral

Las negras pupilas fijaban la mirada sin contraerse ni dilatarse, el entrecejo fruncido, pero sin signos evidentes de tensión, la frente completamente marcada por el paso del tiempo, al igual que las mejillas y partes de su cuello. Incluso parecía que pequeñas grietas se apoderaban de los contornos de su cara. El pelo – rebelde – desenmarañaba incertidumbre en el rostro, contrarrestada por una suculenta sonrisa que – algo burlona – dejaba ver que sabía claramente qué hacer a continuación.

Su estatura, casi descomunal, ensombrecía al pequeño Alfredo quien miraba con atención la enorme gárgola a la entrada de la catedral. Hasta que un infarto grotesco atacó su pecho al ver claramente a la escultura parpadear y derramar una viscosa baba desde su boca.

febrero 02, 2009

Ofrenda

Tres eran los viajeros que caminaban bajo los destellos del potente sol. El anciano contaba sobre las leyendas del lugar, el joven lo escuchaba con atención y el desgastado burro cargaba los equipajes y las cajas que acarreaban.

El viaje debía durar tres días desde el pequeño poblado donde vivían (un precioso oasis en medio del más seco de los desiertos) hasta las peligrosas quebradas, donde iban para poder abastecerse de los exquisitos frutos, únicos en la región.

Al comienzo del viaje, el ímpetu de las llamas del sol eran acalladas por la sombra de los árboles; pero a medida que avanzaban y ascendían en la quebrada, el sol golpeaba cada vez más fuerte sus rostros descubiertos.

Sin embargo, el gran y único consuelo de los viajeros era la majestuosa vista de los álamos erguidos sobre la frondosa vegetación del valle, en medio de los acantilados. Ésta imagen les llenaba de gozo el corazón y les hacía pensar en lo pequeños que eran, y lo enorme y perfecta que es la creación.

El abuelo cada cierto tiempo repetía de forma solemne que en un punto más adelante debían detenerse y rendir tributo a los custodios del valle para pedirles permiso y poder ingresar con la gracia de éstos.

El joven caminaba ya casi sin fuerza – era la primera vez que hacía el viaje – y el anciano lamentablemente no le dejaba descansar, porque para que el viaje durara los tres días debían realizar una marcha continua: tanto de día como de noche.

Durante los dos primeros días el viaje fue bastante expedito, avanzaban a un excelente ritmo y el clima tenía consideración de ellos cada cierto tiempo. Cuando llegó el medio día del tercer día se encontraron con un corte en el camino de aproximadamente un metro y medio de largo, y ante la imposibilidad de cruzar al abnegado burro (debido a que el camino se encontraba cerrado por el acantilado a su izquierda y los peñascos a su derecha) el más viejo de los viajeros plantó una estaca de madera en el suelo y amarró una gruesa tira de cuero que salía del bozal del animal en la estaca, sacó los cajones vacíos donde traerían de vuelta los frutos, miró a su joven acompañante y dio el mejor de sus saltos, cayendo en el otro extremo del camino.

Cuando el joven venció el miedo y saltó para alcanzar a su acompañante, sintió en el aire como el corazón parecía salírsele del pecho y como el sudor frío le salía por todos los poros. Cuando aterrizó en el otro extremo el corazón se le detuvo y volvió a bombear con más fuerza aún, los ojos se le llenaron de lágrimas y el anciano le acarició el desordenado cabello. El joven sonriente volvió a ponerse en marcha y detrás de él al anciano.

Caminaron hasta el atardecer, se detuvieron, tomaron un poco de agua y contemplaron el lugar. Casi sin darse cuenta habían descendido una enorme cantidad de metros, para ahora encontrarse rodeados de matorrales y sonidos de aves y pequeños roedores que pululaban por el lugar. Se dirigieron hacia una especie de arco que formaban los arbustos y, entre la oscuridad del denso bosque, distinguieron cuatro figuras sentadas sobre la tierra. A medida que se acercaban notaron que las figuras eran masculinas y que estaban vestidas con ponchos y gorros que les cubrían las orejas; la piel de los cuatro hombres en algún momento pudo ser morena, pero ahora parecía estar momificada; sus ojos se mostraban secos por el paso del tiempo y sus articulaciones rígidas por la inactividad. Estaba más que claro que aquellos hombres habían muerto hace mucho tiempo, quizás atacados por el frío del invierno.

El abuelo hizo una reverencia y se volteó mirando fijamente al joven, pidiéndole las ofrendas. Cuando el abuelo hizo esto el joven se paralizó y empalideció de una forma increíble, recordando que había dejado las ofrendas con el burro.

El anciano se enfureció y comenzó a gritarle, los ojos del joven rebalsaban en lágrimas de miedo, pero no por los gritos, sino porque detrás del anciano las cuatro figuras comenzaban a ponerse de pie.

Médico Forense

Enero 15, 1988.


Mi viaje fue tortuoso, el bus era viejo como las piedras de Stone Age y maloliente por la culpa de los insensatos. El viaje se volvía aún más tortuoso por culpa de esos insensatos que comen más de lo que deben y que al momento de viajar en un transporte de tales características ocupan más espacio de lo que les correspondería, dejando a penas dos tercios del lugar que te pertenece. Pero eso no es lo que quiero relatar, para tales efectos no es importante ni la edad del bus ni el olor que expelen mis acompañantes.

El viaje duró aproximadamente dos horas, bajo un sol abrazador. Tras una hora de viaje ya se me había acabado el agua y me empezaba a atacar el hambre, para mi decepción observé que el único alimento que traía conmigo era un paquete individual de papas fritas; con solo mirarlo inmediatamente se secó mi lengua, así que cerré mi bolso y esperé a que terminara el viaje con un vacío en las entrañas.

Cuando llegamos al poblado, el sol era el peor enemigo del que debía preocuparme, por lo que me apliqué bloqueador solar en grandes cantidades. Bajé del bus y el reflejo del sol sobre la tierra arenosa me cerró los ojos, me puse mis gafas de sol, retiré mi equipaje sin boleto y caminé.

El pueblo tenía un increíble ajetreo de gran capital, la mezcla de razas era increíble; me apresuré dentro de mi sorpresa y en el primer lugar en el que pude compré dos litros de agua mineral, me engullí el paquete de frituras y me zampé un litro de agua.

Una vez listo, ceñí todas las amarras de mis bolsos, ajusté mi cinturón y me dirigí hacia el cementerio del poblado; allí me esperaba Belén, que junto a su equipo de arqueólogos ansiaba mi llegada, necesitaban de un médico forense al que le apasionaran este tipo de cosas para descubrir en qué circunstancias había muerto el indígena a quien pertenecían los restos encontrados.

Era extraño, ¿Por qué en un cementerio exactamente?

Cuando llegué, Belén me saludó afectuosa como siempre y cariñosa como pocas veces. Fue en ese momento – cuando me llevaba para presentarme al equipo – que me comentó que bajo el camposanto había una especie de cementerio indígena mucho más antiguo, que según ella debía tener una data de aproximadamente cinco mil años. Mientras caminábamos, Belén, aclaró todas las dudas que se iban presentando desde mi viaje hasta aquel momento.

Después de haberme presentado con el equipo, Belén y los muchachos tuvieron la gentileza de invitarme un contundente almuerzo (sólo me pregunté de dónde habían sacado pescado estando tan lejos del mar). El sol era terrible, Belén me comentó que - durante los primeros días de excavación - todos los días debían llevar a algún trabajador a la posta del pueblo a causa del gran calor, y que por este motivo habían decido trabajar durante las noches, explicándome así la presencia de los enormes sistemas de iluminación alógena que se encontraban junto a la excavación.

Como no se podía trabajar durante el día a causa del calor, durante la tarde jugamos cartas y bebimos algunas cervezas en la acogedora tienda de campaña de Belén. Aunque – en realidad- de acogedora no tenía mucho: era pequeña, desordenada y la mitad del espacio lo ocupaba un enfriador de ambientes, eso sin contar que éramos siete dentro de una tienda para unas cuatro personas como máximo.

Cuando llegó el crepúsculo, anunciando la noche, el calor empezó a desaparecer rápidamente y el frío del gran desierto tomó inmediatamente su lugar. Belén, muy comprensiva, me señaló que por mi viaje desde la capital debería estar muerto, por lo que hoy podía descansar todo lo que quisiera, ya que desde mañana ya no habría descanso.

Tomé en consideración sus palabras (además la cerveza - que a esas alturas ya había llegado a mi cabeza - hablaba y actuaba por mí) y encontré que Belén tenía razón, así que me acosté sin reclamo alguno, conteniendo aún mis ganas de apreciar la excavación y aprender sobre esta ciencia tan apasionante.

Cuando llevaba aproximadamente unas dos horas dormido, desperté bruscamente por el frío y por el increíble ruido de máquinas que había fuera de la tienda. Sorprendido saqué mi cabeza por entre el cierre de la entrada de la tienda – diciéndome a mí mismo que una excavación paleontológica no debería ser así de ruidosa -. No podía ver nada, sólo las luces de los focos alógenos a la distancia y enormes sombras que se movían hasta perderse a lo lejos. Puse más atención y me di cuenta que los ruidos no eran de máquinas, más bien era el sonido que hacen los monstruos de la televisión.

Me abrigué, salí de la tienda y me acerqué a la excavación temblando por el frío y por lo que me producía aquel ruido en el cuerpo. Cuando llegué al lugar ahogué un grito de horror y observé los ensangrentados restos de los cuerpos del equipo de arqueólogos, que parecían mordisqueados hasta el hueso. Entre lágrimas huí del lugar, tan rápido como pude….


Volveré enseguida, mi querido diario, es hora de la medicina del Instituto Mental.

enero 29, 2009

El Regalo

Sor Francisca abrió la enorme y pesada puerta de madera - de grandes bisagras - y entró a su habitación. Cerró la puerta y dejó una pequeña caja de madera - que le había regalado su Madre en su última visita al convento - sobre un pequeño mueble de madera casi podrida, que además era lo único que existía en la habitación a parte de su cama, el velador y el enorme crucifijo que debía haber en cada habitación del convento. Su Madre le había dicho que era una caja musical, pero no la quiso abrir en aquel momento, ni tampoco ahora, porque era posible que se la quitaran las hermanas superiores.

Suspiró mientras miraba las paredes de piedra fría y húmeda que rodeaban la pequeña habitación. Se sentó en el viejo colchón - mientras sentía los resortes enterrarse lentamente en su piel - se sacó el tocado de la cabeza y dejó caer armoniosamente los hermosos rizos castaños sobre sus hombros.

Se levantó acercándose a la cómoda y acarició con su índice el borde de la pequeña caja de madera, mientras que con la otra mano dejaba caer el hábito hasta arrugarse en el suelo rodeando sus finos pies descalzos. Abrió el primer cajón y sacó un enorme camisón de dormir lleno de pliegues y vuelos, se acercó a la cama y lo depositó a los pies de ésta.

Desnuda miró el crucifijo y se arrodilló junto a la cama. La habitación estaba tan fría y húmeda que al tocar el suelo con sus rodillas sus pezones se endurecieron mientras un escalofrío recorría todo su cuerpo. Tomó la palmatoria que estaba sobre el velador y encendió la vela - que ya casi no existía sobre sí misma -.

Mientras la llama de la vela danzaba elegantemente pensó que su habitación podría ser mejor si tan solo tuviera alguna ventana. Cerró sus ojos y comenzó a rezar los Padre Nuestro que el Obispo le había dicho que debía rezar.

Ya llevaba alrededor de una hora rezando cuando sintió una extraña brisa dentro de la habitación, abrió los ojos y se cercioró de que la puerta no estuviera abierta. Cuando giró su cabeza para mirar el crucifijo se dio cuenta de que las sombras en la habitación danzaban armando formas grotescas en las paredes, inmediatamente observó la vela - la cual tenía su llama tan calma que era increíble -.

Respiró profundo y volvió a cerrar los ojos para continuar sus rezos, pero justo en ese momento, comenzó a sentir el sudor recorrer todo su cuerpo desnudo, provocado por el creciente calor que se apoderaba de la habitación. Convencida de que todo era producto de su nerviosismo se obligó a seguir rezando, pero en cuanto cerró sus ojos un horrible y nauseabundo olor a azufre se apoderó del lugar. Asustada, se puso de pie mientras la habitación se inundaba de oscuridad y comenzaba a silbar en el aire la hermosa melodía de la caja musical.

Volteó sobre sí misma y apreció la caja abierta sin nada en su interior. Con la vista nublada por las lágrimas giró para refugiar su vista en el crucifijo, pero su corazón se detuvo cuando vio las mejillas del Cristo recorridas por lágrimas de sangre.

La Caja Aterciopelada

Las notas que tocaba el antiguo piano estremecieron el lugar, incluso las paredes temblaron con la fuerza de aquellas notas. Era una estancia enorme, con variados tipos de muebles de madera y pequeñas mesas de café, rodeado por paredes con diminutas ventanas de vidrio amarillento que le ofrecían el paso a la luz mortecina de la noche.

Sentada sobre un sitial, en un polvoriento rincón, estaba Agustina, quien miraba atenta como Carlos pasaba majestuosamente sus dedos sobre las teclas del piano y creaba la hermosa música que estaba escuchando.

Carlos terminó súbitamente la pieza que estaba interpretando, miró hacia el techo – estirando su espalda – y apagó con un violento soplido la vela que ardía solemnemente sobre la tapa del piano.

El acto erizó hasta el último pelo de Agustina, que miraba ahora a Carlos iluminado directamente por la luz de la luna que se colaba por las ventanas amarillentas.

Carlos se levantó enfáticamente, procurando que Agustina viera cada uno de sus movimientos.

Parado junto al banquillo en que estaba sentado, miró atentamente el rostro de Agustina y avanzó hacia ella, acercándose lentamente mientras esquivaba los muebles que se interponían en su camino.

Cuando estuvo a tan sólo unos cuantos pasos del sitial, se puso en cuclillas y observó ansioso los anteojos de Agustina y el brillo que reflejaban sus frenillos cuando ella le sonrió.

- Carlos, yo sé que no soy bonita, en cambió tú… ¡Tú eres hermoso! – Sentenció la muchacha.

- Aún eres joven, pequeña Agustina y, aunque lo dudes, eres más bella de lo que crees – La calmó Carlos.

El joven se irguió en su majestuosidad y le dio la espalda a Agustina.

- Tengo la forma de hacer que se acaben tus penas, pequeña.

- ¡¿De verdad?! ¡No sabes cuánto te lo agradecería!

- Sólo debes irte a dormir, y cuando despiertes te darás cuenta de cómo he acabado con tu sufrimiento.

Agustina sacó del bolsillo de su vestido una pequeña llave plateada y dijo: “Ten la llave de mi habitación y de mi corazón, querido mío”

La pequeña se levantó, besó la frente de Carlos (que se había inclinado para que ella pudiera alcanzarlo) y se retiró de la estancia. Subió las escaleras hacia su cuarto e ingresó en él, se desvistió lentamente – pensando en que al despertar sería hermosa -, se puso el camisón de dormir y se acostó.

Cuando ya estaba sucumbiendo al enorme sueño y sus párpados pesaban más de lo que podría imaginar, vio que se abría la puerta de la habitación y entraba una sombra alta y esbelta, pero no pudo luchar más contra el sueño y se durmió.

Cuando se despertó estaba todo oscuro, el aire estaba denso y escaso; además su habitación se había reducido a las proporciones justas de su cuerpo, incluso apretándola un poco. Intentó levantarse pero golpeó su cabeza contra una especie de tapa de madera aterciopelada.

La desesperación se apoderó de ella, pero cuando intentó calmarse (para poder pensar con claridad) escuchó a lo lejos la voz de un hombre viejo que rezaba la misma oración que oyó cuando sepultaron a su madre. En ese mismo instante escuchó aterrada el sonido de la tierra que caía sobre la tapa que no la dejaba salir y las palabras: “In nomine Patris et fillii et Spiritus Sancti, Amén”

enero 28, 2009

El Bar

El humo de cigarrillo flotaba a sus anchas por todo el lugar, las luces tan bajas que en cada mesa era necesario tener velas, por lo que a cada mesa la adornaba una gran porción de cera en su centro, la cual adoptaba distintas formas con el paso de la noche debido al calor que se concentraba cada día en el lugar.

El bar estaba repleto, cada mesa de cuatro sillas no dejaba más invitados para el lugar, en la barra del bar un solitario hombre delgado limpiaba los vasos y copas con un paño, mientras que otro hombre – más robusto que el anterior – se paseaba por todo el local llenando sendas copas de vino que cada sujeto tenía frente a si.

La puerta del bar se abrió y entró Fabián, provocando que las miradas de los mozos se depositaran sobre él. La música era lúgubre para un fin de semana, por éste motivo Fabián había pedido poder tocar en el bar por la noche para así ganar algo de dinero extra, ya que sabía que éste era el único lugar donde podrían apreciar su expresión del arte – no en muchos lugares disfrutan de un joven saxofonista - así que avanzó hacia la barra, se sentó y pidió un whisky doble sin hielo, el barman sin ni siquiera mirarlo le sirvió y dejó el vaso junto a la mano de Fabián.

Miró el vaso transpirar y lo tomó de forma firme para que no se resbalara de su mano, olió el exquisito trago y lo bebió sin detenerse hasta la última gota. Al terminar golpeó el vaso contra la barra y acto seguido el barman silenció el disco que hacía sonar la vieja vitrola.

Fabián lo miró y asintió con la cabeza, tomó el maletín que delataba la forma del saxofón y se dirigió al pequeño escenario en el fondo del bar, subió el par de escalones y miró al público, aunque no pudo ver nada definido por el denso humo de cigarrillo y por la escasa luz del lugar.

Se agachó para depositar su maletín y lo abrió, retirando de su interior un antiguo saxofón. Lo tomó entre sus brazos, cerró sus ojos y recitó una pequeña oración. Se levantó lentamente, cruzó la correa del saxofón tras su cuello, miró la hora y tocó la primera nota de la noche.

La música inundó el lugar haciendo notar al público las aptitudes de Fabián, que parecía estar ensimismado en su trabajo. No se detuvo por ningún momento, tocó como pocas veces lo había hecho e incluso mejor.

Mientras terminaba su actuación las lágrimas recorrieron su rostro por la alegría y emoción de haber hecho todo de forma magistral. Tocó la última nota, dejó caer el saxofón que se agarró firme de la correa que abrazaba su cuello y se enjugó los ojos.

Cuando volvió a mirar al frente solo escuchaba los aplausos de dos personas, trató de acostumbrar su vista a la oscuridad y observó estremecido como le aplaudían solo los mozos y que en el resto de las mesas solo había maniquíes.

enero 27, 2009

La Hora del Té

La pequeña campana que colgaba junto a la entrada de la tienda tintineó cuando la puerta se abrió, dejando correr las ráfagas de viento dentro de la tienda , permitiendo el paso a una joven mujer que entraba lentamente mientras dejaba con exagerada gracia que la puerta se cerrase detrás de ella.

Se despojó del enorme gorro de la chaqueta que le cubría la cabeza y meneó su cabello para intentar ordenarlo y sacar el resto de nieve que la cubría. Se acercó al mostrador, mientras (evidentemente) buscaba algo.

La tienda era conocida por ser visitada de forma muy esporádica y porque en el pueblo se decía que la dueña era una bruja.

Cuando la joven estuvo junto al mostrador, desde la habitación que estaba detrás de ésta – cuya puerta estaba adornada con tiras de cuero que caían hasta el suelo – salió una mujer extremadamente anciana, pero aún así increíblemente hermosa. La joven la miró e inmediatamente pensó que era imposible que una viejita tan linda fuese una bruja y también pensó que en su juventud debió de haber sido la mujer más bella de la zona.

- ¿Qué es lo que buscas, jovencita? - Preguntó la anciana de la forma más cortés que alguna vez habría escuchado la joven.

- En realidad, sólo busco algún té que me ayude con el frío que hay en esta región – Declaró inocente la muchacha.

- Mmmm… creo tener lo que necesitas, ¿Podrías decirme cómo te llamas?

- Celeste – Respondió sin comprender la pregunta.

- Bueno Celeste, aquí tengo justo lo que necesitas – Comentó la anciana mientras sacaba una pequeña cajita de madera desde la parte más baja del mostrador. – Si quieres puedo servirte una tacita ahora mismo para que puedas sacar el frío de tu cuerpo.

- Se lo agradecería mucho, ¿Cuánto le debo? – Preguntó sorprendida, Celeste no era capaz de entender cómo podían decir que una mujer tan dulce podría ser una bruja.

La mujer volvió a la habitación de la que había salido anteriormente y se demoró un instante mientras le decía a Celeste, prácticamente gritando, que estaba hirviendo un poco de agua para su té.

Sin mucha demora la señora volvió a la habitación donde se encontraba Celeste; que miraba entretenida las diversas y extrañas cosas que colgaban por toda la tienda, Celeste se acercó sonriente al mostrador mientras la señora le servía una taza de té.

- ¿Cómo es que se llama usted? – Preguntó Celeste mientras sostenía su sonrisa, lo que la hacía ver realmente preciosa y tierna.

- Aunque no lo creas también me llamo Celeste… Bueno… Y me debes cinco mil pesos querida - Expuso sonriente la anciana.

La muchacha tomó la taza que le ofrecían tan gentilmente y sopló en su interior para enfría el elixir y evitar que le quemara la boca; era tan dulce y tan suave el fluido que no pudo evitar zamparse hasta la última gota de un solo trago, echando su cabeza hacia atrás, mientras escuchaba que la anciana le decía – Hace más de quinientos años que vendo este té y siempre se lo toman así – Al volver la cabeza a su posición habitual Celeste miró con sus ojos extremadamente abiertos , demostrando su terror, a la anciana que le sonreía enseñándole su quijada sin dientes y encías pútridas, mientras sentía como se desvanecía y perdía el conocimiento.

Cuando despertó vio como que se miraba al espejo, pero no era ni su cuerpo ni su cara. Al instante escuchó una voz - tan dulce que llegaba a ser realmente terrible - que le decía: “No te preocupes Celeste, hazle compañía a esas pobres almas que desde ahora serán tus únicas amigas”.

enero 26, 2009

El Hospital

Ésa no iba a ser una buena noche para Felipe...

Él no lo sabía bien aún, de hecho en noche buena no deberían pasar cosas que perturben la armonía, menos para un joven que día a día se esfuerza tanto. Pero algunos saben que eso en ocasiones no basta en la vida.

Había recorrido toda la ciudad en busca de los últimos regalos para la navidad, especialmente el regalo para su abuelo (el hombre que lo crió y que lo vio crecer y transformarse en un joven apuesto y muy listo).

Se apresuró en envolver la pequeña esfera de cristal que tenía una pequeña réplica del Big Ben y que nevaba al agitarla. Se apresuró porque las visitas en la UCI del hospital no pueden ser hasta muy tarde, después de todo, hay que dejar trabajar en paz a esos hombres y mujeres que mantienen vivo a su queridísimo abuelo.

Tomó un taxi preguntándose por qué la ciudad estaba tan vacía en la víspera de la navidad, la fecha en la que más gente pulula por la ciudad. Hacía un frío que le estremecía hasta los huesos, pero para su fortuna no vivía muy lejos del hospital, así que tan sólo espero durante unos veinte minutos hasta que el taxi le dejó en la puerta principal.

Se bajó intentando no arrugar el envoltorio del presente y se abrigó las manos con su aliento, levantó el cuello de su gabardina y cruzó la calle. Subió la escalera y entró en el hospital mientras la puerta hacía el clásico sonido de metal oxidado, que de una u otra forma le provocó una corriente fría en la espina.

Miró buscando la mesa de informaciones, pero le costaba hacerlo en la oscuridad y, aunque parezca ridículo, fue en ese momento que se percató de la oscuridad que inundaba el hospital, o al menos la recepción de éste. Empezó a caminar siguiendo el camino que la luz de la luna dejaba ver al colarse por los ventanales, hasta la mesa de informaciones, donde no encontró nada más que la silla del recepcionista que debería estar sentado allí.

Pensó que el personal debería estar en el casino del hospital celebrando la víspera de la navidad y que no se habían percatado del corte de luz en la entrada del hospital. No le importó mucho, sólo quería poder saludar a su abuelo antes de media noche, porque él se lo había pedido encarecidamente; no quería pasar solo ese momento, decía que ya estaba tan viejo y débil que no podría con lo que vendría a esa hora.

Felipe pensaba que lo que decía su abuelo no eran más que locuras de un viejo de ochenta y cinco años que ya no tenía a nadie más que al propio Felipe. Se acercó a los ascensores, se detuvo y golpeó su frente con la palma de su mano, miró hacia las escaleras reflejando en su rostro la decepción de sí mismo por haber ido hacia los ascensores sabiendo que no había energía.

Subió lentamente escuchando el crujir de los escalones, lo cual le preocupó mucho, porque hasta donde sabía (por sus reiteradas visitas a su abuelo) los escalones eran de cemento. Sorprendido por ésto, empezó a avanzar cada vez más rápido, mientras que en las paredes parecían aparecer y desaparecer extraños dibujos y símbolos. Paró en seco y sacudió su cabeza, obligándose a creer que todo ésto (o al menos los dibujos) eran producto de los haces de luz que aún se podían ver entrar por los enormes ventanales.

Llegó hasta el tercer piso, donde sabía que se encontraba la UCI, pero más bien llegó hasta aquí porque las escaleras se habían acabado, negando el acceso hacia los siete pisos restantes que debía poseer el hospital.

Abrió las puertas de madera, que en algún momento fueron de metal (según recordaba de sus visitas anteriores), y entró a la UCI, o más bien a lo que él pensaba que era la UCI. Vio un pasillo extremadamente largo que acaba en una puerta y otras ocho puertas más hacia la derecha del pasillo. Su abuelo debería estar en la última puerta.

Se detuvo en el portal de la última habitación y sintió como el piso parecía estar húmedo, tragó saliva y miró hacia abajo, viendo un líquido viscoso de color oscuro; éste líquido formaba una línea bastante gruesa que iba hacia el interior de la habitación. Comenzó a moverse lentamente apretando el regalo en sus manos hasta casi romper el envoltorio. Mientras más se adentraba en la habitación comenzaba a oír cada vez mas fuerte una respiración jadeante. - ¿Abuelo? - Preguntó en voz alta.

Su corazón se detuvo cuando inesperadamente se encendieron las luces de emergencia del hospital y vio una habitación tal cual podrían haber sido las habitaciones de hospital en los años veinte y vio una figura alta, desnuda, sin rasgos de sexualidad y nada más que una sonrisa, como la de un tiburón, de oreja a oreja, en su rostro sin ojos ni cabellos.

enero 24, 2009

Susurros

- Creo que nos hemos perdido, mi estimada - Murmuró Alfredo, sentado cómodamente en su mecedora.

- ¿Qué quieres decir? Aún estamos en tu habitación, Alfredo, y por lo que recuerdo no iremos a ningún lugar el día de hoy - Afirmó Elizabeth.

- Es que no entiendes, estamos perdidos, ¿Acaso no escuchas?.

- ¿Escuchar qué, querido?

- Esos susurros en los rincones de la casa, están por todos lados.

- ¿Sabes? Creo que para ser un hombre tan joven y lozano, estás más que senil, jajaja - Proclamó Elizabeth entre risotadas.

- No te rías, podrías enfadar a lo que sea que está en los rincones.

- No se tú, pero dudo mucho que las arañas de esta casa se enfaden por mis comentarios.

- Las arañas me tienen sin cuidado, pero los que susurran han hablado de tí y creo que no les agradas para nada, debe ser esa maldita risa que tienes.

- ¡Siempre tan caballero! ¡¿No?! - Exclamó furiosa, mientras avanzaba rápidamente hacia la puerta de la habitación con la mirada fija en los ojos de Alfredo. - Antes de ir por la cena, porque ya se está haciendo muy tarde, ¿De verdad crees que algo susurra en los rincones?.

Alfredo no respondió la interrogante, en cambio tenía su vista perdida en un rincón, tras el gran ropero de la habitación, y la boca abierta hasta desencajar la mandíbula. Elizabeth furiosa se acercó y - entre llantos y gritos de horror - apreció la expresión de la muerte en el rostro de Alfredo, mientras que desde el rincón empezaba a oír susurros que le enfriaron la sangre. Lentamente giró y con sus ojos llenos de lágrimas vio como desde atrás del ropero aparecía un pequeño niño lleno de magulladuras y con las cuencas de sus ojos vacías.